A diversidade como riqueza
A diversidade como riqueza (Originalmente publicado en encrucillada 234)
Hay
mucha gente que no entiende la ley trans. Y es normal porque hay mucha gente
que simplemente no entiende que es la transexualidad, así que es lógico que
tampoco pueda entender la ley que la regule. Por eso, para empezar a entenderla,
lo primero que hay que hacer es entender que es la transexualidad e incluso
porque necesita una ley propia.
Lo primero para entender la
transexualidad es saber distinguir entre sexo y género. El sexo se refiere a
los genitales, mientras que el género lo hace a la persona. Aunque lo
habitual es que sexo y género coincidan, por ejemplo una persona de género y
sexo femenino, también puede ocurrir que no lo hagan y que haya por tanto
personas de género femenino con genitales o sexo masculino y personas de género
masculino con genitales femeninos, e incluso personas sin genero definido o no
binario, aunque sus genitales si sean claramente masculinos o femeninos. En
contraposición a ellas estarían las personas intersexuales, que sí tienen un
género bien definido, pero es su sexo, sus genitales, los que son no binarios,
no adecuándose exactamente a lo que se define como genitales masculinos o
femeninos.
Y
es que en el fondo cuando hablamos de estos temas de lo que hablamos es de la
diversidad de la población. Porque igual que lo habitual es tener cinco dedos
en cada mano, también hay gente que nace con seis, o con siete, o con cuatro
dedos o incluso sin manos o brazos. Y no son menos personas o menos reales por
eso. Hay quien todavía niega que las personas transexuales o intersexuales
existen, diciendo que genero y sexo siempre deben coincidir, pero es como
afirmar que todo el mundo nace con cinco dedos o pudiendo ver y oír, y no es
así. No se debe
confundir lo más habitual, o incluso el 99% con el todo, porque la diversidad
es siempre más grande que todo eso. Y es
muy importante tener en cuenta que el hecho de que algo sea más raro o
infrecuente no lo hace menos digno, menos respetable o que tenga menos derechos.
No es menos humano un pelirrojo que un moreno, alguien con los ojos violeta,
como Liz Taylor que alguien con los ojos marrones. A nadie se le ocurre decir
que no existe la gente con ojos violeta, o con el corazón a la derecha o
incluso con dos corazones y todo tipo de variaciones que no te esperas pero que
están ahí, existen, y tienen derecho al mismo respeto, dignidad y derechos que
el resto de personas de su comunidad, ni más ni menos.
Que haya que
empezar diciendo algo tan básico como
eso es una prueba de lo poco que hemos avanzado como sociedad en la compresión
de la diversidad. Por ejemplo
una de las cosas que se prohíben en la ley trans, y que hasta hace apenas unos
años se seguía haciendo es la operación de los genitales de las personas
intersexuales cuando estos eran recién nacidos o bebes, y por tanto no podían
dar su consentimiento. Muchas veces ni los propios padres eran bien informados
de en qué consistían las operaciones, solo que su hijo/a tenia “un problema” y
había que operarlo. Ese problema simplemente era que los genitales de esa
persona intersexual eran no binarios, no se ajustaban a lo que se esperaba de
unos genitales masculinos o femeninos. Y para negar esta realidad, para ajustar
a ese recién nacido a la norma, para evitar que se burlaran de él por ser
diferente, en vez de educar a la sociedad en que la diversidad existe, se
prefería mutilar, sin su consentimiento, los genitales de esa persona recién
nacida, a veces esterilizándola u obligándola a un tratamiento hormonal de por
vida, quitando muchas veces un órgano perfectamente funcional simplemente
porque no era como se esperaba. Creo que
como sociedad es importante plantearse porqué se hacían esas cosas, porqué pensamos
que es tan importante encajar, porqué se prefiere operar a un bebe de
meses, con consecuencias para toda su vida, antes que aceptar que la
realidad de la creación es diversa.
La transexualidad es, en cierta medida,
la otra cara de la moneda de la intersexualidad. Y de nuevo es muy llamativo como el enfoque
tradicional al tratarlas ha sido justo el opuesto. Como no se podía negar
la existencia de personas intersexuales, porque sus rasgos se ven externamente,
se hacía todo lo posible para eliminarlas mediante cirugía lo antes posible,
sin importar el consentimiento de la propia persona operada; mientras que en
las personas transexuales, cuyos rasgos diversos no se ven externamente, ya que
están en el cerebro, lo que se hacía es negar su existencia, como si todos los
cerebros fueran iguales, e impedir en todo lo posible su acceso a la cirugía
aunque fuera la propia persona adulta la que lo pidiera y buscara de todas las
maneras posibles.
Para terminar, y antes de entrar
directamente a analizar lo que la ley trans propone, me gustaría comentar,
aunque sea brevemente y sin apenas detalle, las bases biológicas de la
transexualidad. Y esas bases se encuentran en el cerebro de las personas
transexuales, que no se ajustan a lo que cabría esperar, al igual que ocurre
con los genitales de las personas intersexuales. Y es que el punto clave de
todo esto es que nuestra identidad no reside
en nuestros corazones, nuestra cadera o nuestros genitales, sino en nuestros
cerebros. Una persona no es de género femenino porque tenga genitales
femeninos, sino porque tiene un cerebro femenino. De igual manera si por
ejemplo un hombre sufre un accidente y pierde los genitales, no deja de ser un
hombre por eso, porque su identidad no estaba en esos genitales que perdió,
sino en su cerebro que todavía conserva. Pero el cerebro sigue siendo el gran
desconocido, el órgano más complejo de nuestro cuerpo e incluso afirmaciones
como si existen cerebros masculinos o femeninos son complejas de demostrar. La
razón es que aunque existen patrones comunes, la variabilidad de los cerebros
es tan grande que dos cerebros de mujer pueden ser mucho más diferentes que el
cerebro de un ingeniero hombre y el de una ingeniera mujer, por ejemplo. Una
buena analogía es la diferencia de altura por sexos. Hay mujeres que miden
apenas 150 cm, y otras que miden 190 cm y más. También hay hombres que miden
165 cm y otros que pueden llegar a los 205 cm o más. Aunque claramente hay un
patrón en que los hombres miden más que las mujeres, podemos encontrar que la
diferencia entre dos mujeres puede ser de más de 40 cm mientras que entre sexos
es solo de 15 cm y en este contexto ¿tiene sentido hablar de altura de mujeres
y hombres, cuando la diferencia dentro de un mismo conjunto es mayor que la que
separa ambas conjuntos? Esto, unido a que desde un punto de vista general sea
más deseable no hacer hincapié a las diferencia entre cerebros por género, que
podría llevar a indeseables discriminaciones por un lado y otro, hace que en los últimos años se haya abandonado la
idea de cerebros masculinos y femeninos por la de cerebros mosaicos, diversos,
complejos, donde aunque existen ciertos patrones por género que permiten
establecer diferencias, se considera que las variaciones individuales son mucho
más importantes y significativas que esos patrones por género, que aun así
siguen existiendo. Y desde el punto de vista de las personas trans, esos patrones cerebrales, por pequeños que
sean, son muy importantes, ya que son los que determinan el género, la
identidad de la persona, y no sus genitales.
Una
vez que tenemos claro la diferencia entre sexo y género, que la diversidad de
la población hace que haya personas de todo tipo, todas iguales en derechos y
dignidad, y que nuestra identidad, nuestro género, quienes somos realmente,
depende de nuestro cerebro y no de cualquier otra parte del cuerpo como
nuestras manos, rodillas o genitales, ya podemos empezar a hablar de lo que
plantea la llamada ley trans.
Ya
hemos mencionado alguno de sus puntos más importantes, como la prohibición de operaciones de modificación
de genitales en menores intersexuales antes de los 12 años, salvo casos que
realmente afecten a su salud, para permitir que haya un auténtico
consentimiento por parte del paciente antes de iniciar cualquier tratamiento,
cosa que hasta ahora lamentablemente no ocurría en muchos casos y eran los propios
médicos los que decidían qué genitales eran “aceptables” y cuáles no y debían
ser operados aunque fueran funcionales o no causaran ningún problema en sí
mismos.
Asimismo
se intenta promover la igualdad real y
efectiva de las personas LGTBI en todos los ámbitos de la vida, en el plano
laboral, en el plano social en medios a veces tan complicados como el rural o el de las personas mayores,
en el plano educativo, para intentar evitar el bullying de menores LGTBI etc. Creo que en general la mayoría de
estas propuestas son poco o nada polémicas, ya que ir contra ellas es como
afirmar que no se desea la igualdad real y efectiva de las personas, aunque no
nos engañemos, todavía hay demasiadas personas que piensan así y por eso son
necesarias estas promociones.
También
hay quien piensa que ser LGTBI y específicamente transexual, es una enfermedad
mental que puede ser curada, contraviniendo toda evidencia científica desde
hace ya varios años, por lo que en la ley trans se prohíben todas las mal llamadas terapias de
conversión, que solo sirven para causar más daño a la persona, reforzando
los aspectos negativos de su condición y culpando a la propia persona de los
mismos, porque “si se esfuerza lo bastante” podría “curarse”. ¿Es una
enfermedad mental ser zurdo? Porque hace 80 años también había terapias de
conversión para ellos, e incluso se les ataban las manos para que se
“convirtieran” causándoles un sufrimiento del todo innecesario simplemente
porque todo lo que no se ajustara a lo esperado se veía como una “enfermedad”.
La ciencia es lenta y se ha tardado en reconocerlo, pero primero la
homosexualidad y después la transexualidad dejaron de ser consideradas
enfermedades mentales hace muchos años, igual que ocurrió con ser zurdo o la
“histeria” de las mujeres. La ley por
tanto hace bien en despatologizar a las personas LGTBI, que no tienen ninguna
enfermedad, al prohibir las terapias de conversión por un lado y dejando de requerir tratamientos o
informes psicológicos a algo que al no ser una enfermedad no lo necesita.
Y
entramos quizás en el punto que, sin duda, genera más polémica de toda la ley
trans, el acceso al cambio de género
para mayores de 12 años, por supuesto sin necesidad de ningún informe psicológico,
porque lo que no es una enfermedad no lo es ni para adultos, ni para menores.
Para explicar este punto en más detalle iré específicamente a la declaración de
los derechos del niño (artículo 8 de la ONU). Dicho artículo dice textualmente:
1. Los Estados Partes se comprometen
a respetar el derecho del niño a preservar su identidad, incluidos la
nacionalidad, el nombre y las relaciones familiares de conformidad con la ley
sin injerencias ilícitas.
2. Cuando un niño sea privado
ilegalmente de algunos de los elementos de su identidad o de todos ellos, los
Estados Partes deberán prestar la asistencia y protección apropiadas con miras
a restablecer rápidamente su identidad.
Y la
pregunta fundamental es ¿Quién determina
la identidad de un menor? ¿Los padres? ¿Un certificado de nacimiento que
rellenó un medico al ver los genitales de un bebé que no podía expresarse por
sí mismo? Es evidente que es el propio
individuo quien debe expresar su identidad, que es un derecho humano básico
recogido en el artículo 6 de los derechos del hombre. Ignorar la identidad de
un individuo simplemente porque no es autónomo, porque no se puede valer por sí
mismo, porque tiene 12 años y no 18, cuando ya a esas edades la identidad está
plenamente formada, es solo añadir frustración y dolor a un menor de edad para
el que esperar seis años (de los 12 a los 18) supone esperar media vida,
literalmente, para poder acceder a un derecho tan básico como el derecho a la
identidad. Esperar, aunque solo sea un año o dos se le hace mucho más
complicado a un menor que a un adulto, simplemente porque la vida pasa más
despacio para ellos. De adultos los años a veces se nos pasan volando, pero de
niños cada tarde era eterna. Y esas tardes y meses y años se pueden hacer
ciertamente eternos cuando no puedes asumir tu identidad real, cuando te decían
que hay que esperar hasta los 18, toda una vida para un menor, una vida que después jamás volverá.
Porque antes las personas transexuales solo podíamos disfrutar de nuestra
identidad en la adultez, pero nunca en nuestra adolescencia o infancia, que
eran en consecuencia en cierta manera robadas, perdidas. Con la ley trans las personas trans al menos podrán vivir su
identidad en la adolescencia, que es el algo fundamental para poder después desarrollar una vida adulta en
igualdad y sin complejos de ningún tipo. Se queda aun así la infancia
muchas veces en el tintero, y es que la ley trans, pese a todos sus avances,
tiene todavía varias limitaciones, para mi gusto.
La primera es esa infancia perdida, que entiendo que si los 12 años
resultan hoy día polémicos, es todavía utópico pensar en una ley que lo
permitiera a partir de los 8 años, edad a la que ya hay muchas personas
transexuales perfectamente conscientes de su identidad. Pero soy optimista y espero
que tras una generación de personas trans que hayan podido vivir su
adolescencia perfectamente integradas gracias a esta ley, confío en que la
siguiente generación de personas trans podrá vivir además, su infancia.
La segunda son las personas no binarias, las grandes
olvidadas de esta ley, y es que como decía más arriba, la ciencia es lenta y
todavía hay cosas que aunque están
siendo aceptadas y reconocidas, porque están en la propia base de la
teoría de cerebros mosaicos, todavía tendrán que esperar un poco más. Con
suerte no mucho, porque las personas no binarias son reconocidas ya en nueve
países (Argentina, Australia, Bangladés, Canadá, Dinamarca, Alemania, Países
Bajos, Estados Unidos y Nueva Zelanda) y esperemos que más pronto que tarde
también lo sean en España, donde perdimos la oportunidad de ser el número diez
de la lista con esta ley trans. Este reconocimiento es fundamental, ya que hoy día en España muchas personas no
binarias siguen teniendo muchos problemas de acceso a tratamientos sanitarios
simplemente porque al no ser reconocidas como tales, al “no existir” como
tales, el sistema no les proporciona acceso ninguna respuesta médica, aunque sí
la necesiten.
Y
la última quizás sorprenda, pero creo que aunque el acceso al cambio de género registral
y de nombre debe ser libre y sin barreras, como hace la ley trans, sí que debería haber algún tipo de
requisito extra, nada complicado, quizás la obligación de cambiar también
el nombre, el tener algún mínimo tratamiento médico o estético, algo que permitiera de alguna forma dificultar a
las personas cis hacerse pasar por trans. Porque mientras no haya barreras,
requisitos, será imposible dar ayudas, que son muy necesarias, con un paro por
encima del 80% en las mujeres trans y una gran situación de marginalidad en
muchos casos. Si solo te cambias la
letra en el DNI y no haces nada más, ni siquiera cambiar de nombre, no deberías
tener acceso a ninguna ayuda para personas trans, en mi opinión. Por suerte
el fraude ha sido meramente testimonial hasta ahora, pero es porque
prácticamente no existen ayudas estatales a las personas trans. Cuando éstas se
desarrollen será importante poner requisitos, por pequeños que sean, algo muy
tabú dentro del colectivo, para evitar los fraudes y que estas ayudas lleguen
realmente a donde deben.
Por
último y como resumen de todo lo que hemos visto más arriba, creo que es importante tener en cuenta que la
ley trans es una ley que permite, no que obliga. No obliga a nadie a
cambiar su sexo o su género, pero permite hacerlo a aquellas personas que lo
necesiten para poder expresar su identidad adecuadamente, es decir, añade más
derechos y posibilidades para todos, no limitaciones ni obligaciones.
Hasta
ahora hemos hablado de la ley trans y la transexualidad desde el punto de vista
humano, social, biológico y legal. Pero este artículo estaría incompleto si no
hablara también del aspecto espiritual y de la religión, temas que traté en
detalle en mi artículo “La fe y la
transexualidad” y del que haré aquí un pequeño resumen para no extenderme
mucho más.
A menudo me encuentro con personas creyentes que no entienden cómo puedo
ser transexual y no ir contra la Palabra de Dios. Dicen que Dios me hizo hombre
y que por tanto al vivir como mujer estoy enfrentándome directamente al destino
que Él tenía preparado para mí y que por ello no puedo estar en gracia de Dios.
Nada más lejos de la realidad. En el tema de la transexualidad, se menciona con
frecuencia el libro del Génesis, con aquello de “Dios hizo al hombre y la mujer”; pero fijaos que no dice “Dios hizo
al hombre con pene y a la mujer con vagina”, sino simplemente al hombre y a la
mujer, sin mencionar ni dar importancia a los genitales. A mí, como a muchas
otras personas me hizo mujer, aunque tuviera genitales de hombre, y nada de eso
va contra el Génesis, donde no se mencionan los genitales. Es más, Dios es un
Dios Transformador, que transforma el agua en vino, hace que mujeres estériles
queden encintas, que los enfermos sanen y los muertos resuciten. ¿Y no pensáis,
hombres de poca fe, que Dios sea capaz de hacer verdaderas mujeres en cuerpos
de hombres y verdaderos hombres en cuerpos de mujeres? El poder de Dios es
infinito, su creación eterna y al negar la existencia de la transexualidad solo
negáis el poder y la belleza de la creación de Dios, que todo lo puede. En
cierta medida cada transexual no deja de ser un milagro de Dios, un milagro de
la vida, un milagro de la creación, al igual que lo somos todos nosotros.
Yo soy mujer y lo sé con tanta claridad como que Dios existe y me ama. Y si
no viviera como mujer es cuando me enfrentaría al plan de Dios para mí. No
tengo ninguna prueba de que soy una mujer, salvo que lo sé, al igual que no
tengo ninguna prueba de que Dios existe y me ama, salvo que lo sé. Porque en realidad la
transexualidad no deja de ser una cuestión de Fe. Fe en que Dios todo
lo puede, como hacer auténticos varones en cuerpo de mujer, o que la persona
que ayer estaba enferma hoy sane. Y Fe en nuestro prójimo, en que lo que siente
y dice es cierto, porque claramente no gana nada mintiendo. Se habla mucho de tener
fe en Dios, pero ¿Cómo tener fe en un Dios que no puedes ver, si no puedes
tener fe en tu prójimo que sí puedes ver?
A veces podemos pensar
que tener un hijo o pariente LGTBI es una prueba que Dios nos pone en nuestro
camino. Y no iríamos desencaminados. Pero no es una prueba de rigidez o
sacrificio, sino de fe, tolerancia y amor. De tener fe en Dios y nuestro
prójimo y de ser capaz de abrir nuestros corazones y amar y aceptar a nuestro
prójimo por muy distinto a nosotros que sea. Y al igual que en el último
momento Dios avisa para que no se cometa ese disparate con Isaac, este texto es un mensaje
directo de Dios para ablandar corazones. Leedlo, pensad, reflexionad y rezad
sobre el mismo y veréis que la respuesta correcta que Dios nos pide siempre es
el amor. El amor al prójimo, sea como sea. Porque para Dios no hay nada
imposible, y sabéis que vuestro familiar no miente, solo hay una respuesta, y
esta es el amor. Porque Dios, en su infinita sabiduría nos pone a prueba a
veces y muchas veces de las formas más extrañas.
El
párrafo anterior quizás pueda sorprender, pero es que ese texto de “La fe y la transexualidad” estaba
dirigido sobre todo a padres de personas trans, que muchas veces se encuentran
entre lo que creen sus creencias y sus hijos, y sufren por ello, tanto padres
como hijos, que con demasiada frecuencia acaban siendo echados de casa solo por
eso, por ser trans. Nunca se sabe hasta donde pueda llegar este artículo o
quien puede llegar a leerlo y por eso me gustaría acabar con esta reflexión
final.
Tener un hijo/a LGBT no
deja de ser una bendición de Dios, al igual que cualquier otro hijo, aunque
para algunas personas puede que al principio parezca y se sienta como un castigo.
Sin embargo, como le pasó al anciano Job, las pruebas una vez superadas se
convierten en verdaderos dones. Y de igual manera tener un hijo, pariente o
conocido LGBT puede abrir nuestros corazones de una forma que solo Dios podía haber
previsto ¿Y hay mayor bendición que esa?
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